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27/7/07

LA MUERTE DE DON BENITO (poema)

A veces, pienso, de que manera, esta vida moderna, nos ha llenado de comodidades y, en general, como nos facilita la vida en todos los terrenos. Si bien, todo esto es verdad, no es menos cierto, que a la hora marcharnos al otro mundo, porque nos ha llegado el momento, nos ponen todas las trabas posibles tratando de impedirlo. Tienen medios para mantenernos vivos, y en ocasiones, lo hacen. La prolongación de nuestra vida, artificialmente, a veces nos da la sensación de que raya en la tortura. Es el caso de Don Benito. Don Benito representa a cualquiera de de nuestros campesinos mayores, de nuestro campo canario, o de cualquier otro, al que trasladan en sus últimos momentos de vida a un gran hospital de la ciudad. Allí, en aquel ambiente hostil y extraño, ve acercarse a la muerte, no la teme, pero desearía estar en su medio, con sus cosas,... con sus seres queridos,... con su tierra... Odia la mascarilla de oxígeno,... a los sueros que le alimentan,... y hasta, a las caras extrañas para él, de las enfermeras que le observan. Cuanto habría deseado morir abrazando la tierra que le alimentó a él, a su mujer y a sus cinco hijos...

La muerte de Don Benito



Hasta cumplir los ochenta
feliz vivió Don Benito,
las labores de sus huertas
las hacía ligerito,
y ordeñaba de sus parras
un par de envases de vino,
cuidaba de cinco cabras,
seis gallinas y un perrito.

¡Y, dígame! ¿Quién lo sabe?
Lo que habrá de suceder,…
que día tan triste fue,
el día, en que murió su mujer.

Sesenta años vivieron
labrando juntos la tierra.
Años difíciles fueron
aquellos de la posguerra.
Quién pudo, tomó otras rutas,
hubo que apretarse el cinto,
y hasta pasarlas canutas.

Siete hijos les nacieron,…
uno murió de maldeojo,
a, otro, complícasele un sarampión,
siete fue los que engendraron,
más, solo, criaron cinco.

Aún seis meses no han pasado
de que muriera Leonor,
él se ha quedado marchito,
su cuerpo se ha envejecido,
se ha achicado, ha encogido
de la pena y el dolor.

Una mañana va y le da,
un mareo, algo sin relevancia,
y para mayor tranquilidad,
llaman a la ambulancia,
que le conduce hasta el hospital,
del cual, no saldrá jamás.


Toda su vida fue,
taciturno, introvertido,
la mitad habla hacia fuera,...
la otra consigo mismo.

Ironías del destino,...
hora que quería ser,
simpático y divertido,
elocuente, sincero,
sarcástico, extrovertido,...
y contar tantas verdades
que siempre había retenido.

Más, su lengua se ha parado,
no le quiere obedecer,
toda ella se ha torcido,
el no lo puede entender
y habla consigo mismo:
“el aire de este hospital,
apesta, me duele, me abrasa”
quítenme estos mil tubos
y llévenme pa mi casa.

La máscara, las mangueras,
y esas llagas de mi culo,
¡Por Dios, no las toquen más!
llévenme donde pueda oler
el estiércol de mis cabras,
sáquenme de este hospital
condúzcanme hasta mi casa,
no quiero ver enfermeras,
tengo que hablar con mis parras,
deposítenme en la huerta
Y déjenme que me revuelque,
que pueda hundir yo las manos
donde planté la simiente.

Quisiera hablar con la tierra,
la mía y la de Leonor,...
la de mis hijos... La nuestra, esa
que labramos con tanto honor
y nos llenó la despensa.

Hijos,… no volváis más
a este maldito hospital...
¡Por Dios, no me den más besos!
y llévenme hasta mis huertas,
,... que me pueda revolcar
y empaparme de sus tierras,
quisiera morir en ellas
y por siempre descansar...


Una mañana,... amaneció inerte
el cuerpo de Don Benito,
enchufado a tanto tubo,
el se murió tan solito,...
se hizo cuanto se pudo,
más no se paró a la muerte
.

9/6/07

HABLANDO DE BERNARDO SOUVIRÓN







(Esta es la isla de Santorini, en Grecia; una gran explosión volcanica ocurrida 1600 años antes de Cristo hundió por completo el centro de la isla. Algunos expertos creen que este suceso sirvió de base a Platón para sus escritos sobre el mito de La Atlántida y su hundimiento).





Hablando de Bernardo Souvirón




Bernardo Souvirón Guijo es profesor de Lenguas y Cultura Clásicas en el instituto “María Zambrano” de El Espinar (Segovia) y profesor y tutor de Latín en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. La primera vez que le escuché fue en el programa de Radio Nacional de España “De la noche al día” maravillosamente conducido por Manolo H.H. Recuerdo que ese día Bernardo Souvirón habló de Tarteso o, lo que es lo mismo, de la Península Ibérica cuando ya los Fenicios surcaban el Mar Mediterráneo. Debo confesar, que, desde esa primera vez que le oí hablar, con ese timbre de voz tan personal que posee y su manera tan humana y tan cercana de contar la historia se despertó en mí, hacia su persona, un gran respeto y una profunda admiración. El profesor Souvirón consigue algo tremendamente difícil, como es, poner en marcha, acercarnos y dar vida a unos hechos y a unos personajes tan lejanos y apartados de nosotros en el tiempo. Pensando en ello me vino a la memoria un pasaje de la novela “Mobby Dick” en el cual, el protagonista, Ismael, ve, como al borde de una playa, de una isla al Sur del Pacífico, los isleños habían montado por completo, hueso a hueso, el esqueleto de un cachalote e Ismael pensaba: “Estos nativos creen saber y conocer lo que es un cachalote porque mantienen aquí perfectamente ordenados todos sus huesos pero, esto, nada tiene que ver con la tremenda fuerza desatada de la naturaleza que es este animal, cuando se halla vivo, y en plenitud total, en medio del océano”. Bueno, pues aquí quería llegar yo. Suovirón no solo reúne todos los fragmentos, los huesos, los nombres, los escritos,… las piedras de la historia,… sino, que, recomponiendo, perfectamente, su urdimbre, su esqueleto, consigue, que, oyéndole, veamos a la ballena de la historia pletórica resoplando ante nosotros. Mi admiración hacía el profesor Bernardo Souvirón quedó patente y reflejada en el modestísimo poema que vereis a continuación y que dedicado a él escribí en su momento. Recomiendo la lectura de su último libro "Hijos de Homero" de Alianza Editorial.


(Más abajo, adjunto tambien, un hermoso poema muy querido para mí del poeta griego egipcio Constantino kavafis, Ítaca).


AL PROFESOR BERNARDO SOUVIRÓN


Convicción y naturalidad.
El profesor Souvirón
vierte su voz en las ondas,
y atraviesa hasta el ciclón,
mientras duerme la ciudad.

Muchos, cansados ya,
apenas salió el lucero,
como Aquiles se entregaron
inertes, derrotados
en los brazos de Morfeo.

Mientras tu sigues ahí,
navegando como Ulises
y surcando el mar Egeo
a expensas del destino,
del capricho y el deseo
de los hombres y los dioses.

Gobierna tu nave Homérica
hacia tiempos milenarios,
muéstranos la historia clásica
plena de guerreros, de héroes,
de dioses poderosos y de sabios.

Que Eolo, tense tus velas.
Y Poseidón de ti se apiade,
que te ofrezca una mirada compasiva
en su rostro más amable.

Te acompañan tus alumnos,
tus amigos, tus oyentes...
somos tus fieles gregarios.
Por tu boca hablan las piedras
con acentos milenarios,
mientras, el aliento de los dioses
gravita, al compás de tus palabras.

Más allá de las columnas,
que levantó, el inefable Hércules,
desde las tierras atlánticas,
queridas Islas Canarias,
Jardín de las Hespérides.

Te ofrezco solo mis manos,
quisiera hacer de remero.
Vigorosos, impulsemos tu galera,
todos, todos juntos, antes,
que una piedra de ignorancia
rompa la frente del guerrero.

Visitemos mercados persas,
egipcios, fenicios, griegos,
y con la ayuda de los dioses
salgamos con insistencia indomable
en busca de la tierra de Tartesos.

Que los dioses del Olimpo de nosotros
como seres mortales se apiaden,
de cantos de sirena nos liberen,
y concluyan esas guerras pertinaces,
para siempre, entre griegos y troyanos.

Renacerá la paz en las ciudades.
El hombre se asombrará
y escuchará hasta quedar atónito,
relinchar, al Caballo de Troya,
en las profundas oquedades del mar Jónico.

Lo presiento, me lo dice el corazón,
que has vuelto la vista hacia Ítaca,
y hacia ella caminas querido profesor.
Te deseo un camino venturoso y largo,
muy largo, bajo una bóveda de estrellas
o de los rayos del sol.

Aseguran, que la naturaleza humana
sin duda, es la sordidez.
Más, yo elijo con fervor
la tremenda lucidez
de esa Ítaca interior.

Y hacia ella camino, despacio
sin oro esperar, ni absurdas vanidades,
y cuando por fin a ella haya arribado,
tendré la convicción absoluta,
que Ítaca, jamás de mi, se ha burlado.

¡Pongamos juntos las manos!
y el pasado en el futuro,
ya, que el pasado fue futuro,
y al presente hemos llegado
¡pongamos juntos las manos!



ÍTACA






Si vas a emprender el viaje hacia Itaca


pide que tu camino sea largo,


rico en experiencia, en conocimiento.


A Lestrigones y a Cíclopes,


o al airado Poseidón nunca temas,


no hallarás tales seres en tu ruta


si alto es tu pensamiento y limpia


la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.


A Lestrigones ni a Cíclopes,


ni al fiero Poseidón hallarás nunca,


si no los llevas dentro de tu alma,


si no es tu alma quien ante ti los pone.


Pide que tu camino sea largo.


Que numerosas sean las mañanas de verano


en que con placer, felizmente


arribes a bahías nunca vistas;


detente en loa emporios de Fenicia


y adquiere hermosas mercancías,


madreperlas y coral, y ámbar y ébano,


perfúmenes deliciosos y diversos,


cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;


visita muchas ciudades de Egipto


y con avidez aprende de sus sabios.


Ten siempre a Itaca en la memoria.


Llegar allí es tu meta. Mas no apresures el viaje.


Mejor que se extienda largos años;


y en tu vejez arribes a la isla


con cuanto hayas ganado en el camino,


sin esperar que Itaca te enriquezca.


Itaca te regaló un hermoso viaje.


Sin ella el camino no hubieras emprendido.


Mas ninguna otra cosa puede darte.


Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.


Rico en saber y vida, como has vuelto,


comprendes ya qué significan las Itacas.


(Constantino Kavafis, 1863-1933, Poesías completas, XXXII)
























































































































































5/5/07

Recuerdos escolares

Recuerdos escolares


Ráfagas cansadas, sutiles,
antiguas fosforescencias
prendidas en las cuerdas
de unos tiempos infantiles.

Aún sin fatigarme alcanzo a recordar
el bullicio de la vieja escuela,
olor a libreta nueva, a la goma de borrar,
y al duro maestro con su maldita regla.

¡Dónde la irá usted a buscar!
cantaban las niñas, alegres...
Haciendo un corro: ¡En el fondo del mar...!

¡Que alegría, que alegría de canción!
Niñas con trenzas, con colas, con pecas,...
con gafas, con lazos... ¡Matarile, rile, ron!


El mundo


Donde la piedad. No queda piedad.
Donde el corazón. No existe el corazón.
La piedad ha muerto y ha muerto el corazón...
Y un corazón muerto permanece en soledad.

¡Ay!... afán, egoísmo, desmesura, codicia...
de bienes de consumo harto el Occidente,
impone al resto su poder y su avaricia
y mirase el ombligo orondo y reluciente.

¡Que grande es el mundo!
Me imaginaba yo de pequeño.
La inocencia, hoy, dura un segundo.

Y hoy, todo aquel inmenso mundo
se me ha quedado pequeño, todo parece un sueño,
¡La inocencia, hoy, apenas dura un segundo
!