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12/10/07

LA SILLA ELÉCTRICA (poema)


Desde hace bastante tiempo me declaro contrario a la pena de muerte. No fue un cambio radical, de hoy para mañana, pero si, poco a poco me he ido convenciendo que la pena de muerte no sirve para nada, o si, quizá sirva para reafirmar a los asesinos en que su acción es justa y por eso aún continua siendo ley en algunos países del mundo "La pena de muerte". Si contempláramos la vida como lo único sagrado en este mundo y no derramáramos ni una sola gota de sangre, ni siquiera la de los asesinos, si desvinculáramos la vida del sujeto que la posee y respetáramos por igual todas las vidas, seguramente que si valoráramos más la vida, no importa de quien fuere, todos respetaríamos y amaríamos más la vida.
Recuerdo que escribí el poema a la silla eléctrica a raíz de ver por televisión a un español que se encontraba en el corredor de la muerte esperando ser ejecutado y de cuyo nombre en este momento lamentablemente no me acuerdo. Bueno, al final el chico fue absuelto gracias a la tenacidad de sus padres y al apoyo desinteresado de cientos de personas. Si no es por el amor de sus padres que insistieron hasta casi el agotamiento, el caso no se hubiese revisado y este joven hoy estaría muerto, las pruebas que tenía la justicia contra él no eran válidas, pero de igual manera hoy estaría muerto, digo más, si hubiese sido culpable y le hubieran ejecutado tampoco su muerte hubiera servido para nada ni hubiera resuelto nada, como no fuera a un sentimiento de venganza. Me pregunto: ¿No será mejor dejar a los asesinos vivos, encarcelados y enfrentándose a su crimen el resto de su vida?

Amar la vida es respetar la vida y no importa de quien.



La silla eléctrica



¡Ah... la justicia!
A veces: tan justa
implacable y ciega,
otras: tan turbia y excelsa.

Espera... la silla.
¿Quién es el reo?
¿Quién es la víctima?

Que sola, la veo.
Aguarda,... la silla.
Tan pulcra, tan intima.

Con sus brazos abiertos,
aún espera paciente,
y pensando en sus muertos...
le llega el siguiente.

Espera,... la silla.
Su sola presencia,
impone un respeto,
no hay sentimiento,
ni existe indulgencia,
sus cables y voltios,
ni sienten, ni piensan.